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Para salvaguardar la democracia

Inspirados en las revoluciones liberales y en particular en la francesa, y antes en los logros de la Atenas clásica, los padres de nuestra república optaron por la democracia como forma de gobierno. Esa democracia diseñada por Montesquieu, de independencia de poderes y búsqueda de equilibrios entre el que dicta la norma, el que la ejecuta, y el que la juzga; así hemos caminado casi dos siglos de república, hasta los avatares que hoy resentimos.

¿Por qué los desgobiernos? ¿Por qué el choque de funciones? ¿Por qué la injerencia y a ratos los modelos absolutistas vividos?. La respuesta no es tan compleja, pues si nos vamos a la cuna democrática, a la Atenas de Pericles, es claro que se establece una directa relación entre el modelo democrático y la cultura del pueblo que la vive. Fueron cautos en decidir a quién daban el voto y siempre preocupados por la intelectualidad de los Atenienses.

¿Queremos salvaguardar la democracia?, debemos pues entonces dar una mirada a la educación que impartimos o mejor, a la educación que requerimos, para desarrollar inteligencias analíticas,  capaces de elegir y de discriminar entre la verdad y la mentira, entre la promesa fraudulenta y la asertiva, entre la propuesta posible y la engañosa utopía.

Para salvaguardar la democracia, la educación sin duda surge como condición “sine qua non” para no repetir errores, para no elegir dictadores disfrazados de ovejas, para saber distinguir entre el que desea servir y el que desea servirse de la función y el poder; para buscar la verdad, para reconocer al honesto y sincero.

La educación pues, resulta vital para sostener la democracia y no crear electorados débiles, que se dejan fácilmente impresionar o influenciar por el oropel de la popularidad barata.

¿Queremos salvar nuestra democracia?, trabajemos en una educación capaz de desarrollar la inteligencia de la persona humana y cultivar y hacer crecer los valores y principios éticos y cívicos que se requieren para elegir en sano juicio y con la mente limpia; sí, limpia de adicciones y sin manos estiradas para recibir las dádivas que compran conciencias.

 

Dr. Abelardo García Calderón